“Se bajó el telón”

noviembre 29th, 2008
Relato Corto

Se bajó el telón

(*)

Ya estaba el tocinillo entreverado metido en la cesta de las viandas junto a los acharolados pimientos rojos de la huerta, los chorizos puntualmente curados al humo de la cocina vieja, y el jamón elaborado con esmero.

La fruta no faltaba, lo mismo que el vino, cuya zalagarda habríamos de controlar, pues la empresa invitaba a beber y comer, sin cuenta, suculencias poco habituales por respeto al colesterol ya la figura. El tocino protagonizaría el tentempié que nos aguardaba tras la misión de apañar las primeras castañas y ellas, las castañas, superando el protagonismo del tocinillo eran la misión misma.

Recogíamos la cosecha para amigos, parientes, vecinos, compañeros y unas pocas para el propio consumo. Lo primordial era reunirnos por esa época del año, hacer fiesta, comer, beber, descansar , dejar que la naturaleza nos zurrara un poco y nos saneara un mucho y luego alardear ingenuamente de la proeza ante todo aquel que consintiera escuchar.

Miramos al cielo catalizando la climatología. Empuñarnos el palo para afianzar el paso en el camino y sacudir, si fuera preciso, alguna rama que no hubiera querido soltar el fruto. Agarramos con decisión las cestas de gruesa mimbre, trenzada y oscurecida por el tiempo y el uso; metimos en ellas los sacos de avejentada arpillera y, vestidos con reciclados atuendos de otras temporadas, calzados con deportivos adaptados al roce de trochas, emprendimos la marcha como el que va de excursión. Así lo creí la primera vez iTonta de mí!.

La poca envergadura de la carga ponía ritmo al tranco alegre y plural. Al regreso la cosa cambiaría cuando tuviéramos que acarrear el peso repartido entre los brazos de todos, y un solo burro.

Las abuelas solían contar cómo trasladaban los sacos y canastos en la cabeza sobre prietos y duros rodetes rellenos de paja y trapos. Siempre me embobaron las demostraciones de equilibrio y ritmo por los ondulantes senderos rematados en precipicio. Siempre me sorprendió el hecho de que jamás cayera ningún niño por aquellos barrancos (igracias a Dios!), ni en tiempos pasados ni en los actuales, cuando suben y bajan a toda velocidad con motos, patines y bicicletas por esos caminos de insuficiente anchura.

Las historias de licátropos no faltaban por los montes del Bierzo, lo mismo que las apariciones de jabalíes y ánimas.

Donde el silencio suena a compañía y complicidad, la soledad activa la imaginación, el cielo se fragmenta multiplicado perforando las ramas y el viento templa cualquier atisbo de rencor y dolencia ,del alma. Donde esta magia existe nunca faltan historias.

Amo la belleza de ese paraje que un día me pareció único, quizás porque la primera vez que lo vi lo miré con ojos de enamorada. Amo el sosiego y la paz casi amniótica. Amo esa sensación de tierra prometida por fin hallada; ese cosquilleo de libertad que me acomete cada vez que visito este aparente remoto lugar, y amo al hombre que me la mostró por primera vez.

Elisa forma parte del ecosistema humano y fantástico. Elisa es parte del paisaje de mi corazón. Elisa tiene el garbo de una moza. La mirada directa, la risa inmediata y contagiosa; música en la voz y un corazón generoso y confortable para todo aquel que necesite consuelo. Elisa es una joven de casi 80 años que, comparada conmigo, en esto de las castafías y en otros trasiegos de la tierra me deja a una altura melindrosa.

Con mi querida Elisa y el grupo la expedición llegó hasta los castaños, que no entiendo cómo distinguen como propios entre tantos juntos e iguales. Allí dejamos sacos, macutos, y con el escrifío en la mano iniciamos la faena.

Cuando por primera vez contemplé aquel riego esplendoroso de redondeces quedé maravillada. Los árboles, entenarios y majestuosos, habían vertido su fruto entre millares de hojas secas. Otras tantas castañas seguían encerradas en sus erizos, medio abiertos, como un ojo bribón tentándonos con su guiño, pues por la abertura asomaba el precioso fruto oscuro como un bombón. Como gran parte de lo que recogíamos estaba encerrado, necesitábamos pisar las espinosas envolturas para que las castañas salieran sin que los pinchos nos taladraran el guante y la garra. Nos convertimos en rapiñas. Era tal la abundancia que de pagar un cuarto de euro por cada castaña en un par de meses habríamos reunido una fortunita, esa fue la elucubración calculada de inmediato ante semejante visión. La cuestión estribaba en ir metiendo una por una en el cestaño y llenarlo para luego vaciarlo en un saco, colmarlo, cerrarle la boca con un cordel…, así sacos y más sacos. Hasta tropezarme con este prodigio, las únicas castañas manipuladas por mí fueron las compradas en la tienda y en los sobados cucuruchos de la castañera.

Elisa se agachaba con soltura. Miré al resto de personas mayores y me asombré al comprobar la misma agilidad y destreza; avergonzada volví a doblar la espalda una y otra vez, como todo el mundo, al comprobar que no estaba muy bien visto el escaqueo.

Son tantas y tantas, que uno se emborracha y marea a causa de la puesta en escena del bosque y el desnivel del suelo, pues siempre se empieza de abajo hacia arriba; así un invariable y pertinaz mareo envuelve y hace oscilar el cuerpo en el montículo. Sonrio pensando en la diferencia de este paisaje con mi Tierra de Campos, tan plana y desértica.

Me saca de la ensoñación un calambre en los riñones poco acostumbrados al escorzo. Me duelen y me canso pronto del encorvamiento. Merodeo con disimulo.

Para descansar un poco me aproximo a Elisa esperando una sabrosa conversación, como siempre.

Admiro y quiero a esta pequeña gran mujer.

-Elisa. ¿Cómo estáis todos? No he visto a tu yerno por aquí…

-Bien. Estamos todos bien gracias a Dios. Mi yerno llegará cuando salga de trabajar y se quedará el fin de semana -me responde.

La conversación fluye y fluye acompañada por la música de las castañas al chocar entre sí en el lecho de la cestilla.

-¿Entonces cómo fue todo? -vuelvo a preguntar- ¿Lo viste por la tele?

-Pues sí, sí que lo vi. Lo vimos la familia y muchas amistades que luego nos llamaron -me responde Elisa recreándose con amor en sus escuetas explicaciones.

Me sigue contando. ..

Y el periodista no hacía más que decir: “Aparta, chico, que salga sola la protagonista. Que salga sola. Aparta”. Y mi nieto, que es más educado que un manual de buenos modales, apartándose continuamente. Primero le pareció normal, teniendo en cuenta el rango sensacionalista de la artista, pero luego empezó a mosquearse un poco, porque el gacetillero debió pensar que mi nieto era un ligue de la actriz de moda tan traída y llevada por las revistas del corazón. Esa que tiene nombre de flor, o flores, y cambia de conde como de gafas sol.

-Tienes que sentirte muy orgullosa, Elisa -le digo-, lo que le ha ocurrido a tu nieto a muy pocos ocurre.

-Desde luego. Estoy muy orgullosa, sobre todo porque mi nieto es una excelente persona.

-¡Y guapísimo! -exclamo con fervor.

-Sí, la verdad que lo es.

-iSólo eso, Elisa! -respondo- iTiene unos ojos de caerte de espaldas! ¿y qué pasó, entonces? Porque eso de ir buscando extras a la Escuela de Arte Dramático… Tuvo suerte tu nieto con lo difícil y competitivo que es ese mundo y lo que cuesta arrancar…

-Sí, nos sorprendió a todos. Nos llevamos una alegría. Empezaba en Madrid, en la escuela esa, y enseguida película, teatro, no para, ya ves…

-¡Cada vez que imagino los pensamientos de los chicos del pueblo al ver a su amigo de la infancia y juventud abrazar, casi desnuda, a la mujer más comentada del país, me entra un regocijo! -digo con tono de satisfacción, picardía y orgullo ajeno-.

El día declinaba y nuestras fuerzas desaparecían con él. Recogimos bastante de aquella maravilla llovida del árbol e iniciamos el regreso a casa en medio de un reparador jolgorio. En el pueblo se prepararía el magosto. En la gran casa de Elisa todo estaba a punto, como de costumbre. Allí, en el exterior, en sus terrenos, seguiríamos con la celebración de la recogida de castañas si hacía buena noche, como parecía. De lo contrario se asarían en el tambor de cada año, lo mismo que las patatas, y en el gran comedor del hogar todo el barrio comería castañas, patatas con mojo, tortillas, embutidos, quesos…

-¿Entonces cómo terminó la movida del estreno?- pregunto queriendo saber el final del evento cinematográfico.

-Pues que mi nieto se cansó de que por un lado el director le insistiera: “Acércate a ella, acércate”; y por otro lado él: “Aparta, chico” del reportero y el fotógrafo, y se marchó a su casa con su novia.

-Ya -le digo-, pero yo recuerdo haber visto por la tele el reportaje del estreno y a un periodista desesperado gritando: “iPor favor! ¿Dónde está el co-protagonista? Por favor, dejen paso! ¿Dónde está el protagonista masculino, el que hace de joven? iPor favor! iPor favor, déjenme trabajar…! Déjenme trabajar, y… ¡APÁRTENSE!”.

José Arsenio Álvarez Álvarez, o Arsenio León, o Josín, o Sinín; allá donde te encuentres te deseo magistral interpretación. Tu recuerdo estará en la memoria de los habitantes del pueblo de Sobredo y de los que amamos tu tierra hasta el día de nuestro final. Desde aquí trato de homenajearte. Desde aquí abrazo a tu abuela Margarita, a tus padres y a tu hermana. Desde aquí sello mi pacto de rememoración con el gran actor que ya demostrabas ser, hasta que la leucemia (que también acabó con la vida de mi madre y a tu misma edad) te arrebatara el escenario de la vida.

Hasta la próxima recogida de castañas, amigo, descansa en PAZ.

Julia Gallo Sanz

nació en la Tierra de Campos de Villarramiel (Palencia).

Graduada Social, flirteó seriamente con el teatro ( aficionado) y con una serie de estudios inacabados por tratarlos menos seriamente.

Promotora y miembro fundador del Grupo Literario de Cultural Telefónica de Madrid-Tintaviva, coordinó dicho grupo a lo largo de casi siete años. Es miembro del Patronato de la Asociación Prometeo de Poesía. Pertenece a la Asociación Grupo Muriel de Palencia, a la Academia Iberoamericana de Poesía-Capítulo de Madrid, a la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Asidua a la Tertulia del Hogar de Ávila en Madrid y Tertulia Príncipe de Asturias, entre otras. Pintora de cuadros e ilustradora de libros, alterna óleos, trazos y pigmentos con la Literatura y el trabajo en Telefónica de España, donde desempeña la función de secretaria.

Julia está casada y es madre de dos hijos.

Su obra figura en diversas antologías. Cuenta con varios premios literarios en prosa y verso y colabora en diferentes revistas.

Ha publicado dos poemarios: “Regreso al pretérito” (Ed. Tintaviva) y “Entresuelo”, 1er Premio de Poesía Cristo de la Nave de Manzanares el Real, año 2000 (Ed. Cardeñoso). En breve saldrá un nuevo poemario infantil. TIene en disposición una novela.

Julia a estado en muchas ocasiones en Sobredo. Su vinculación con este pueblo no solo es debido al parentesco familiar, sino a su sensible admiración (por su propio carácter, sensible y alegre), al entorno y a su “paisanaje”.

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Julia Gallo Sanz

EL DÍA DE MÁS LUZ

Ediciones Cardeñoso.

ISBN 84-8190-289-6

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